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No ser Subjetivo

por Watchman Nee

Del Libro "El caracter del obrero de Dios"

UNO

La subjetividad es otro defecto en el carácter de algunos hijos de Dios, especialmente de algunos obreros del Señor que les impide hacer un buen trabajo.
¿Cuál es el significado de ser subjetivos? Ser subjetivos significa insistir en nuestras propias opiniones y rechazar otras opiniones. Significa tener una idea preconcebida antes de escuchar a otros y aferrarse a su propia idea aun después de haber escuchado a los demás. La subjetividad implica ser renuentes a aceptar otros puntos de vista o a ser corregidos. Significa tener una opinión propia desde el comienzo y siempre insistir en dicha opinión. Una persona subjetiva hace su propio juicio antes de escuchar lo que le diga el Señor, antes de examinar los hechos y antes de que otros presenten sus opiniones. Insiste en su juicio aun después de escuchar al Señor, después que se presenten los hechos y después que otros hayan presentado su punto de vista del asunto. Este es el significado de ser subjetivos. La raíz que causa la subjetividad consiste en que su “yo” nunca ha sido quebrantado, y cuando esto no ocurre, se tiene un concepto inflexible de las cosas, y las opiniones difícilmente pueden ser desechadas y corregidas.

DOS

¿Cuáles son los problemas o pérdidas que acarrea la subjetividad? Si un hermano o hermana es subjetivo, no será capaz de escuchar a otros. Aprender a escuchar a otros nos libra de ser subjetivos. Para poder recibir la palabra de Dios y la de otros, primero tenemos que vaciar nuestro interior. Si somos subjetivos, nos será difícil abrirnos a los demás. Es esencial que todo obrero cristiano cultive la habilidad de escuchar lo que otros tienen que decir; primero tiene que conocer la situación de otros y entender sus problemas. Ya hemos dicho que un problema serio en los obreros de Dios es que no son capaces de escuchar a otros. La razón principal por la que no saben escuchar a otros es la subjetividad. Una persona subjetiva está llena de muchas cosas, por lo que sus opiniones se convierten en un muro impenetrable y sus ideas son incambiables. Siempre está llena de sus propios argumentos y preocupaciones. Cuando un hermano o hermana acude a él para confiarle alguna frustración o alguna carga que les agobia, simplemente no es capaz de entenderlos, incluso si los oye por medio día. No sabe escuchar a otros. Este es un problema asociado con la subjetividad.

TRES

Otro efecto dañino de la subjetividad es la incapacidad para aprender. Una persona subjetiva confía mucho en sí misma y piensa que lo entiende todo a la perfección. Todo ya está decidido en su mente. Tiene una opinión incambiable acerca de cualquier cosa y cree estar segura de todo. Es difícil que pueda aprender algo. Al principio, cuando algunos jóvenes empiezan a servir en la obra, es más difícil enseñarles algo que darle medicina a un niño. Casi hay que forzarlos a aceptar otro punto de vista. Están llenos de ideas, propuestas y maneras de hacer las cosas. Creen que saben todo lo que se puede saber. Aunque no se atreven afirmar que son omniscientes, actúan como si lo fueran. Es más difícil enseñarles algo que darles a tomar una medicina amarga. ¿Cuánto tiempo puede sobrevivir un hombre si en cada comida hay que darle de comer con cucharita? Con algunos hermanos, lo único que podemos hacer es suspirar en nuestro corazón y decir: “Hermano, ¿cuánto podrá aprender del Señor una persona como tú?”. El problema más grande de una persona subjetiva es su incapacidad para aprender. Solamente esto puede costarle mucho. Casi hay que pelear con ellos para que aprendan algo. Tal vez le derrotemos y pueda aprender un poco. Aun así en la siguiente ocasión en la que queramos enseñarle algo, tendremos que batallar nuevamente con ella. Esto es una gran frustración. Un requisito básico para el obrero del Señor es ser capaz de mantenerse objetivo; tiene que ser tan objetivo que pueda recibir ayuda de otros fácilmente. Hermanos y hermanas, nuestra ayuda viene de todas partes. Hay muchas cosas que tenemos que aprender. Supongamos que sólo aprendemos una lección cada mes o cada seis meses o cada año. ¿Cuánto vamos a vivir? ¿Cuántas cosas podríamos aprender a lo largo de nuestra vida? A una persona subjetiva le resulta más difícil aprender a medida que pasan los años. Con el tiempo su subjetividad aumenta. Ciertamente, la subjetividad es un gran problema entre nosotros.
Es cierto que el obrero de Dios debe ser estable; su camino debe ser recto y sin desviaciones. Sin embargo, si sus opiniones, su parecer y sus juicios son inflexibles, tendrá poca oportunidad de aprender las lecciones y su utilidad será muy limitada. Por un lado, tenemos que ser estables y firmes delante del Señor; pero por otro lado, no debemos ser subjetivos. Los hijos de Dios deben aprender a no ser subjetivos; mas bien, deben aprender a ser flexibles en el mover de Dios. De lo contrario, les será imposible aprender. Para saber si una persona es subjetiva o no, basta con ver si aprende rápida o lentamente, o si es incapaz de aprender. Podemos saber si una persona es subjetiva por la cantidad de lecciones espirituales que aprende y por cuán frecuentemente las aprende. Sin embargo, el mayor obstáculo para aprender es la subjetividad. La subjetividad afecta la capacidad de aprender de una persona e incluso puede impedirle que aprenda hasta el grado que no aprenda nada.
El requisito básico para avanzar espiritualmente es estar abiertos a Dios. Nuestro corazón, mente y espíritu tienen que estar bien abiertos a Él, y esto significa que no somos subjetivos. El significado principal de estar abiertos es el no ser subjetivos. Por supuesto, abrir nuestro espíritu a Dios es más profundo que simplemente no ser subjetivos. Pero la condición básica es no ser subjetivos. Nuestras puertas se cierran en el momento que actuamos subjetivamente. No ser subjetivos significa que somos sensibles a Dios, que podemos aprender y podemos recibir impresiones de Él. Para algunas personas es difícil recibir alguna impresión de parte de Dios. Dios tiene que usar una vara, un látigo o incluso un martillo para obligarlos a recibir algunas impresiones de Su parte. Debemos aprender a conocer la voluntad de Dios tan pronto Él nos dé una mirada. Muchos somos como caballos o mulas, que no entienden a menos que se les ponga freno y brida. Este es el significado de ser subjetivos. Una persona subjetiva no puede captar ninguna señal de parte de Dios. Dios puede luchar con ella y conducirla a un callejón sin salida o a una puerta cerrada y, aun así, seguirá discutiendo con Dios. No puede calmarse y aprender la lección. Muchas personas no son lo suficientemente mansas y flexibles delante de Dios; son demasiado duras y necias. Llegan a ser piedras de tropiezo en la obra, porque no han aprendido sus lecciones ni han recibido el suplir suficiente del Señor durante toda su vida. Pueden convertirse en un problema y una pérdida para la obra.

   

 

 

 

 

 

 

 

CUATRO

Otro gran problema de una persona subjetiva es que no puede recibir ninguna orientación de parte de Dios. No tiene manera de conocer cómo Dios lo guía y es completamente ignorante de esa guía. Las personas subjetivas se hallan muy lejos de la voluntad de Dios como lo están el polo norte y el polo sur. Les es imposible conocer la voluntad de Dios porque no llenan los requisitos de un seguidor de Dios. Para ser guiados por Dios se requiere ser flexibles y diligentes, y tener un oído que sepa escuchar. Cuando la palabra de Dios llega a una persona así, ésta actúa de inmediato de acuerdo a ella, sin interponer ningún punto de vista personal y subjetivo. El corazón de Balaam erró por su inclinación hacía las riquezas. En su juicio hubo subjetividad ya que insistió en su propia opinión. Fue por eso que Balaam oró una y otra vez hasta que Dios le permitió que fuera. Cuando la mente de un hombre es inflexible, le es difícil entender la voluntad de Dios. Tenemos que aprender a andar en la voluntad de Dios. Tenemos que darnos cuenta que la voluntad de Dios a menudo requiere que nos detengamos inmediatamente o que empecemos a marchar de inmediato. Frecuentemente descubrimos que hemos planeado toda la jornada, sólo para descubrir que el Señor quiere que nos detengamos inmediatamente. ¿Qué debemos hacer si el Espíritu del Señor nos dice que nos detengamos? ¿Estaremos dispuestos a hacerlo? Una persona subjetiva no se detendrá. En cambio, una persona que ha aprendido a escuchar a Dios, que no es subjetiva en ninguna manera, irá adelante cuando Dios se lo indique y se detendrá cuando Dios se lo ordene. No piense que esto es algo insignificante. Una persona subjetiva no es capaz de avanzar cuando Dios se lo indique. Sin embargo, una vez que haya arrancado, será difícil que Dios la detenga. Aquí es donde radica el problema. Se requiere un gran esfuerzo para empujar a los que son subjetivos, y una vez estos comienzan a moverse, nadie los puede detener. En cambio, las personas instruidas son flexibles en las manos de Dios. Cuando Dios les dice que avancen, lo hacen y, cuando les ordena detenerse, obedecen. Estos son los únicos que serán guiados por Dios. Muchos no se mueven hasta que reciben un castigo fuerte, y una vez que comienzan a moverse, nunca se detienen. Siguen en la misma dirección continuamente. Dios tiene que usar Su fuerza para lograr detenerlos. Su subjetividad les impide conocer la voluntad de Dios y llevarla a cabo.
Un cuadro precioso de un hombre que no era subjetivo lo vemos cuando Abraham ofreció a Isaac. Si Abraham hubiera sido una persona subjetiva, cuando Dios le pidió que ofreciera a Isaac le habría sido difícil obedecer. Hubiera tenido muchas cosas que decir. Habría argumentado de esta manera: “Antes no tenía un hijo, y nunca pensé en la posibilidad de tener uno; creía que con Eliezer era suficiente. Fue Dios quien quiso que tuviera este hijo. Yo ni siquiera pensaba ni me imaginaba en tenerlo, ni Sara tampoco. Todo fue idea de Dios. Y ahora que me ha dado un hijo, ¿por qué quiere que lo ofrezca en holocausto?”. Hermanos y hermanas, ¡una persona subjetiva tendría muchas razones para rechazar esta demanda! Pero Abraham era tan simple que ni siquiera tal demanda representó un problema para él. Él creía que Dios podía levantar a su hijo de los muertos. Así, mientras estaba frente al altar y levantaba el cuchillo para matar a su hijo, Dios preparó un carnero para que lo ofreciera en lugar de su hijo (Gn. 22:10, 13). Si Abraham hubiese sido una persona subjetiva, tal demanda hubiera representado un problema para él. Sin duda se habría quedado perplejo pensando por qué Dios le diría una cosa primero y enseguida lo opuesto. Pero Abraham no pensó de esta manera. Él no era subjetivo. Para algunas personas es difícil ponerse en el altar, y una vez están allí, les es más difícil bajarse. Pasan años para decidir ponerse en el altar, y una vez que lo logran, insisten en permanecer allí hasta morir. Alguien que es subjetivo actúa según su propia voluntad aun cuando esté tratando de obedecer a Dios. Incluso Dios mismo no puede detenerlo. Una persona subjetiva es forzada a obedecer, y su obediencia muchas veces es el resultado de su esfuerzo propio. Nadie lo puede hacer desistir, no importa cuánto lo intenten. Puede ser que la voluntad y el mandamiento de Dios le dirijan a dar marcha atrás, pero él no puede hacerlo.
Es interesante notar que a menudo nuestra voluntad coincide con la voluntad de Dios, pero llega un momento en que la voluntad de Dios cambia. Si nuestra voluntad no cambia una vez que la de Él cambia, nos será difícil simplemente actuar conforme a Su palabra. Aquí radica nuestro mayor problema. ¿Sabe cómo un jinete doma un caballo? Un caballo salvaje rechazará a cualquier jinete que lo monte. Es realmente difícil domar un caballo. Para domarlo, un jinete entrenado tiene que saltar a su lomo y permitir que el caballo relinche y luche hasta que se canse. El jinete tiene que usar toda su destreza para permanecer montado en el caballo. Tiene que permitir que el caballo corra todo lo que quiera, tal vez por muchos kilómetros, o cientos de kilómetros. Una vez que el caballo se da cuenta que no puede quitarse a su amo de encima, cederá a su mando. Tales entrenadores de caballos pueden transformar a un caballo salvaje en uno dócil y educarlo para concursar. El caballo podrá trotar alrededor de un pequeño círculo atado con una soga a un poste. Aprenderá a marchar tan bien que no se alejará tanto como para estirar la soga, ni se acercará tanto como para que la soga quede floja. Puede dar vueltas cientos de veces manteniendo siempre la misma distancia. El entrenador entrenará al caballo hasta que pueda maniobrar de esta manera. Cuando termina su entrenamiento, podrá dirigir al caballo a cualquier parte. Podrá pasar por un espacio estrecho o por una puerta ancha y siempre será obediente. Hermanos y hermanas, nosotros somos como caballos salvajes y es algo grandioso que el Señor nos entrene. Él tiene que trabajar mucho con nosotros a fin de que podamos ser dóciles. Una vez que se doma a un caballo, éste ya no será subjetivo nunca más. Estará tan entrenado que tan pronto su jinete tire un poco de las riendas, sabrá si su amo quiere que corra o que trote. Irá de la manera que le indique su amo, no sólo una o diez veces alrededor del corral, sino aun cientos de veces.
Salmos 32:8-9 dice: “Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos. No seáis como el caballo, o como el mulo, sin entendimiento, que han de ser sujetados con cabestro y con freno, porque si no, no se acercan a ti”. Esto es muy significativo. No debemos ser como el caballo o como el mulo. Una mula necia puede ser entrenada para ir a donde su amo le indique. Debería ser más fácil enseñar a los hijos de Dios a seguir la dirección divina que domar a un caballo. Un caballo, aun cuando haya sido domado, es considerado por Dios como una bestia “sin entendimiento”. Esto se debe a que el caballo sólo entiende la voluntad de su amo cuando es golpeado, empujado o llevado por las riendas. En cuanto a nosotros, debemos mirar el consejo que proviene de los ojos del Señor. Esto es algo que ni el caballo ni la mula pueden hacer. David dijo en este salmo: “te enseñaré ... sobre ti fijaré mis ojos” (v. 8). Debemos saber lo que el Señor está diciendo con sólo una mirada Suya. Debemos entender aun antes de que mueva Su mano, con sólo una pequeña mirada de Sus ojos. Prestemos especial atención a los ojos mencionados en este versículo. Una persona subjetiva no se identifica con este versículo. Hermanos y hermanas, no piensen que nuestra manera de ser y nuestro carácter son asuntos insignificantes. Por favor, recuerden que si somos subjetivos, no podremos ser objetivos con Dios. Sin el debido entrenamiento, actuaremos de una manera subjetiva durante toda nuestra vida. No pensemos que repentinamente conoceremos la voluntad de Dios. Nosotros podemos estar satisfechos con ser como un caballo domado, pero Dios considera que un caballo y una mula no tienen entendimiento, aun después de ser domados. Esto quiere decir que no es suficiente con ser domados. Tenemos que movernos tan rápido como se muevan los ojos del Señor. Tan pronto conozcamos el deseo de nuestro amo, debemos actuar. Tan pronto como Él nos dé una señal, debemos detenernos. Pero si estamos llenos de nuestras propias ideas, puntos de vista y conceptos subjetivos, nos será imposible responder a la dirección del Espíritu del Señor, movernos cuando Él se mueva y detenernos cuando Él se detenga. El Señor a menudo quiere que nos detengamos, pero no lo hacemos. No podemos detenernos porque nuestro yo se ha involucrado en la actividad. Aquellos que buscan o hacen la voluntad de Dios tienen que controlar su yo. Debemos movernos cuando el Señor así lo quiera y detenernos cuando el Señor así lo desee. Tenemos que mantener nuestro yo a raya. Apenas seamos subjetivos el yo se involucra y entonces somos incapaces de parar cuando Dios así lo desee. Muchos tienen el doble problema de que al principio no pueden moverse, pero una vez que comienzan no pueden parar. Estos son problemas serios, y el mayor problema que tenemos es nuestra subjetividad. Esto es lo que impide que la voluntad de Dios se manifieste a través de nosotros.
Entender la voluntad de Dios no tiene nada que ver con métodos, sino que depende del carácter de la persona. Uno no puede entender la voluntad de Dios simplemente porque alguien le indique la manera de conocerla. Esto no es posible. Sólo una persona con el carácter correcto y equipado con el método adecuado, puede conocer la voluntad de Dios. Si la persona no es la correcta, aunque tenga el método indicado no podrá conocer la voluntad de Dios. Entender la voluntad de Dios tiene que ver con la persona. El simple hecho de contar con el método apropiado, no puede ayudarnos a entender Su voluntad. Esto no quiere decir que para entender Su voluntad no se requiera ningún método. Más bien, quiere decir que nuestra persona es el factor principal para entender la voluntad de Dios. Si no somos la persona adecuada, nada funcionará aunque tengamos el método correcto. No debemos ser subjetivos. A fin de poder captar cada movimiento de Dios, tenemos primero que haber sido tocados por el Señor, y nuestra subjetividad tiene que haber sido subyugada hasta el grado que hayamos desechado todas nuestras opiniones. Si no podemos ser flexibles de modo que nos movamos y nos detengamos de acuerdo a la voluntad de Dios, no podremos entender Su voluntad ni podremos ser Sus siervos. Los siervos de Dios tienen que estar listos para seguir la voluntad de Dios. Debemos ignorar las voces y exigencias que provengan del exterior, pues éstas no deben ser nuestra preocupación. Los requisitos básicos de un obrero del Señor son la flexibilidad y estar abiertos a seguir los cambios iniciados por Dios, Sus giros, Sus paradas, y a la forma que nos lleve. Esta es la única manera en que Dios puede guiarnos a Su camino.

CINCO

Con respecto a la subjetividad, debemos observar otro asunto: nuestra subjetividad tiene que ser disciplinada por Dios a fin de que seamos las personas adecuadas para disciplinar a otros. Dios nos guiará a tratar asuntos disciplinarios con otras personas sólo cuando Él ya haya hecho lo mismo con nosotros. Él no confía en una persona subjetiva, ya que ella no puede hacer la voluntad de Dios y no tiene la manera de llevar a otros a hacer Su voluntad. Si una persona subjetiva es puesta en la obra para instruir a otros en el camino de Dios, su propia voluntad se manifestará diez veces más fuerte que la del Señor. Las personas subjetivas quieren que todos las escuchen a ellas. Una persona no puede ser usada por el Señor a menos que sea llevada a tal punto que haya perdido todo interés por ganar seguidores. Debemos permitir que seamos quebrantados y destrozados al grado que ya no busquemos que otros nos obedezcan. No debemos interferir con la libertad, la vida personal ni el criterio de otros. No tenemos interés en involucrarnos en la vida o los asuntos de otras personas. Como siervos del Señor, tenemos que ser disciplinados por el Señor hasta este grado. Sólo entonces podremos ser usados para hablar por Él como Su autoridad delegada. De otra manera, existirá el riesgo de que usurpemos la autoridad de Dios buscando llevar a cabo nuestra propia voluntad, por medio de la cual nos convertiremos en gobernantes, maestros o padres sobre los hijos de Dios. El Señor dijo: “Sabéis que los gobernantes de los gentiles se enseñorean de ellos ... mas entre vosotros no será así” (Mt. 20:25-26). Si alguien nunca ha sido quebrantado por el Señor, y si valora secretamente sus propias ideas, demandas y preferencias, Dios no podrá usarlo porque no es digno de Su confianza. Si Dios le confiara Su rebaño a tal persona, ésta guiaría el rebaño a su propia casa. Muchas personas no son dignas de la confianza de Dios, por tanto Él no puede confiarle a nadie en sus manos. Si una persona sólo busca sus propios intereses, no es capaz de llevar a otros al camino de Dios. Nuestro hermano Pablo era muy flexible. Él era soltero y sabía que era mejor permanecer soltero que casarse. Sin embargo, nunca criticó el matrimonio. Hermanos y hermanas, vean cuán ejercitado estaba nuestro hermano Pablo delante del Señor. Si una persona es subjetiva y su subjetividad nunca ha sido quebrantada, ciertamente insistiría en que todos se quedasen vírgenes y permaneciesen sin casarse. De seguro que condenaría a todo matrimonio. Alguien que es subjetivo ciertamente actuaría de esta manera, pero aquí había un hombre diferente. Él estaba firme en lo que hacía; conocía el valor de lo que estaba haciendo y defendía su posición, pero al mismo tiempo les daba a otros la libertad de hacer su propia elección. Deseaba que otros evitaran todo sufrimiento de la carne producido por el matrimonio; sin embargo, estaba de acuerdo con que otros se casaran. En él vemos a un hombre firme en el Señor, pero al mismo tiempo era comprensivo y tierno. Al discutir el asunto del matrimonio, aunque él era un hombre soltero, Pablo pudo declarar que la enseñanza de la abstinencia era una enseñanza de demonios.
Hermanos y hermanas, tenemos que aprender a asumir tal posición. Nunca debemos darle demasiado énfasis a una verdad tan sólo porque nos sentimos identificados con ella, pero tampoco debemos callar la verdad aunque tengamos un sentir diferente. Una vez dejemos de empeñarnos en tratar de influenciar la verdad de Dios según nuestros sentimientos, estaremos calificados para servir y guiar a otros de acuerdo con la dirección del Señor. Un requisito básico para participar en la obra es ser quebrantados y permitir que nuestra subjetividad sea reducida. Si nuestra subjetividad aún nos domina, causaremos que la obra de Dios se desvíe tan pronto como ésta sea puesta en nuestras manos. Esto sería algo terrible. Es algo terrible que una persona actúe de forme precipitada y que hable descuidadamente. Debemos aprender a no interferir en los asuntos de otros. Jamás deberíamos dar órdenes en cuanto a la vida o los asuntos de otros, basados en nuestra subjetividad. Dios no interfiere en el libre albedrío del hombre. El árbol de la ciencia del bien y del mal fue puesto en el huerto del Edén, y Dios le advirtió al hombre que no comiera de él, pero no lo mantuvo alejado del árbol con una espada de fuego. Si la espada encendida del capítulo 3 se hubiera usado en el capítulo 2 para custodiar el árbol del conocimiento del bien y del mal, el hombre nunca hubiera pecado. Le habría sido fácil a Dios hacer esto, pero no lo hizo. Más bien, Él dijo: “Mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás; porque el día que de él comieres, ciertamente morirás” (Gn. 2:17). Si el hombre insiste en comer de él, es cosa suya.
Tenemos que aprender a no controlar a otros imponiéndoles nuestros conceptos. Cuando no quieran escuchar nuestras palabras, no debemos forzarlos a escucharnos, debemos dejarlos en paz. Si tenemos una carga delante del Señor, debemos compartirla con los hermanos y hermanas. Si aceptan nuestra palabra, qué bien; pero si no lo hacen, debemos estar conformes y seguir nuestro camino. Nunca debemos imponerle nuestros pensamientos a nadie. Dios nunca ha hecho esto, y tampoco debemos hacerlo nosotros. Si alguien escoge rebelarse contra Dios, Él le permite tomar su propio camino. Si otros no quieren tomar nuestro camino, ¿por qué debemos insistir? Tenemos que aprender a no insistir. Tenemos que permitirles que rechacen nuestro consejo. Si hemos aprendido las lecciones apropiadas delante del Señor, con gusto permitiremos que otros tomen su propio camino. No debemos obligar a nadie a que nos escuchen, a que sigan nuestro camino ni a que reciban nuestra ayuda. Podremos estar seguros de nuestra función, pero no debemos obligar a otros a que reconozcan dicha función. Dios nunca obliga a nadie, y nosotros tampoco debemos hacerlo. No debemos actuar de manera subjetiva en la obra de Dios. Ninguno de nosotros debe insistir en que otros nos escuchen. Aprendamos a estar atentos delante de Él. Mientras más otros nos escuchen, mayor será nuestra responsabilidad delante del Señor. ¡Qué gran responsabilidad llevamos si les damos una palabra equivocada a otros! No se regocijen porque otros acepten su palabra. Deben recordar la tremenda responsabilidad que está sobre nuestros hombros. Es algo tremendo que otros nos escuchen. Si otros nos escuchan cuando nuestro camino es torcido y no estamos claros acerca de la voluntad de Dios, de cierto seremos ciegos guiando a ciegos. No sólo caerá en el hoyo el ciego que nos siga, sino que ambos ciegos, nosotros y nuestros seguidores caeremos en el mismo hoyo (Lc. 6:39). No piensen que sólo los seguidores caen y que tal vez los líderes se pueden escapar de la caída. Cuando un ciego guía a otro ciego, ambos caen en el hoyo. No debemos pensar que es algo simple hablar, enseñar y dar consejos a otros, o que es algo simple decir: “Debe hacer esto” o “Debe hacer aquello”. Si nos convertimos en maestros de muchos, instruyéndoles que hagan esto o aquello, corremos el riesgo de que tanto ellos como nosotros terminemos en el hoyo. Por lo tanto, tenemos que aprender a temer a Dios. Debemos darnos cuenta que mientras más otros nos escuchen, más nosotros debemos escuchar la palabra de Dios con temor y temblor. Aun cuando estemos ciento veinte por ciento seguros de algo, debemos decirlo sólo con un setenta u ochenta por ciento de seguridad. Debemos tener temor de cometer errores. Mientras más fácil le sea a un hombre decir palabras de peso, menos peso tiene él delante del Señor. Cuanta más confianza en sí misma tenga una persona, menos digna de confianza es. No debemos pensar que mientras otros nos escuchen, todo estará bien. No es así. ¿Qué haremos con estos que son obedientes? ¿Adónde los guiaremos? Tenemos que ver la seriedad de nuestra responsabilidad. Es por esto que tenemos que aprender a no ser subjetivos. Un problema de la subjetividad es que ansía que otros los escuchen. A una persona subjetiva le agrada que otros la escuchen. Quiere que sus ideas sean para otros una fuente de dirección y que sus opiniones sean una fuente de luz. Pero tenemos que darnos cuenta que nuestras opiniones no son una fuente de luz ni nuestras ideas son una fuente de dirección. Tenemos que aprender a no llevar a otros de la mano, a no obligarlos a que sigan nuestro camino ni a imponerles la obediencia a Dios. Si los hermanos y hermanas están contentos de ir con nosotros, debemos darle gracias al Señor, pero si escogen su propio camino, debemos dejarlos que hagan su propia elección. No debemos tratar de arrastrarlos con nosotros. Debemos permitirles ir y venir como lo deseen. Una característica de alguien que conoce a Dios es que no le gusta forzar a nadie a que le escuche.
Sin embargo, una persona subjetiva nunca puede hacer esto, ya que no es capaz de escuchar lo que otros tienen que decir ni puede recibir la dirección del Señor. No siente que tenga que aprender nada de nadie; por consiguiente, Dios no puede confiarle ningún trabajo. Si antes de acudir a Dios ya hemos tomado todas las decisiones, no descubriremos la decisión de Dios. Sólo una persona flexible puede conocer la decisión de Dios. Tenemos que desechar todos nuestros conceptos a fin de percibir la voluntad de Dios. Si alguien nunca ha aprendido a hacer a un lado su subjetividad y está lleno de opiniones, costumbres, ideas y razonamientos propios, tan pronto como la obra de Dios sea puesta en sus manos, la iglesia será dividida. La división en la iglesia es causada por la subjetividad del hombre. Muchos hermanos sólo pueden trabajar individualmente; por tanto, no pueden participar en la obra de la iglesia. Sólo pueden servir individualmente, pero no son capaces de servir en el Cuerpo. Nunca han estado bajo autoridad; por consiguiente, no pueden ser una autoridad. Desde que iniciaron su servicio, nunca se han sometido a nadie. Así que es difícil que Dios los ponga como autoridad sobre otros. Hermanos y hermanas, debemos prestar especial atención a este asunto. Cuando un hermano joven se une a la obra, primero tiene que ser probado. Una persona subjetiva siempre se considera a sí mismo como cabeza y siempre pretende asumir el liderazgo. Siempre trata de imponer sus ideas en otros. En cambio, alguien que ha sido tratado por el Señor, siempre será fiel y siempre estará dispuesto a hablar, pero nunca tratará de imponer su voluntad sobre otros. Nunca tratará de someter a otros a su voluntad. Por un lado, mediante Dios él llega a ser estable; por otro, no será subjetivo ni impondrá unilateralmente nada sobre otros. Todos son libres para obedecer a Dios o para desobedecerle. No podemos forzar a nadie a hacer nada. Cada cual lleva su propia responsabilidad delante de Dios. Siempre debemos darles a otros la oportunidad de escoger por ellos mismos. Esperamos que todos podamos ser flexibles, siempre dándoles a otros la libertad para escoger y siempre preguntándoles lo que quisieran hacer. Nuestra labor consiste en presentarles los diferentes caminos. Lo que ellos escojan depende de ellos. Debemos darles la libertad de hacer su propia elección en todo. Debemos hacer lo posible por no tomar ninguna decisión por ellos.

SEIS

La subjetividad se puede expresar a través de las cosas más pequeñas en nuestra vida, ya que es una naturaleza, un hábito. Si la subjetividad de un hombre es quebrantada por el Señor, éste mostrará un notable cambio en muchos actos pequeños de su vida cotidiana. Cuando una persona es subjetiva, lo es en todo. Le gusta controlar a otros, expresar sus opiniones, dar órdenes, y decirle a uno que haga esto y a otro que haga aquello. La persona que es subjetiva tiene una solución para todos los problemas. Cuando se pone a un obrero del Señor joven junto con otros hermanos, inmediatamente se sabrá si es una persona subjetiva o no. Si está solo, no podremos distinguir si es subjetivo o no. Pero tan pronto como hayan dos personas, veremos que aquella que es subjetiva siempre tratará de estar sobre la otra. Querrá dar su opinión en cuanto a qué comer y qué no comer, qué vestir y qué no vestir, dónde dormir y dónde no dormir. Siempre insistirá en esto y en aquello. Dicha persona es “omnisciente y omnipotente”. Cuando se ponen dos hermanas en una habitación, inmediatamente podremos notar si una de ellas es subjetiva. Si ambas son subjetivas, no se podrán llevar bien en nada. Si sólo una de ellas es subjetiva, tal vez puedan llevarse bien, pero si ambas lo son, no podrán llevarse bien entre sí. Esto no quiere decir que de ahora en adelante tenemos que quedarnos callados. Si surgen dificultades en la obra o surgen problemas con los obreros, tenemos que ser fieles. Lo que estoy tratando de decir es que, una vez que hayamos expresado nuestro punto de vista, si otros ignoran nuestras palabras, no debemos forzarlos en nada. Ni tampoco debemos sentirnos heridos si otros no aceptan nuestras palabras. Muchos atesoran demasiado sus propias ideas, de modo que si otros no aceptan su palabra, se sienten dolidos. Esta es la reacción de una persona subjetiva. Si hemos de ser fieles, siempre tenemos que expresar nuestro sentir. Pero no debemos hablar simplemente porque queramos interferir en los asuntos de otros, ni porque nuestro temperamento nos exija hablar, o porque tengamos la costumbre de hablar siempre. Ni tampoco tenemos que hablar cada vez que surja la oportunidad de hacerlo. Podemos hablar cuando realmente sea necesario, pero no tenemos que hacer una regla o un hábito que tengamos que hablar todo el tiempo. Es incorrecto hablar cada vez que surja una oportunidad. No es correcto hablar con una lengua indisciplinada. Dios no nos ha asignado para ser maestros de todos. Algunos están acostumbrados siempre a hablar y a enseñar a otros. Esto muestra claramente lo subjetivos que son. Si la subjetividad de una persona no es quebrantada, le será difícil trabajar para el Señor.
Una persona subjetiva no es necesariamente una persona fiel; el que es fiel habla porque tiene que hacerlo, no meramente porque le guste hablar ni porque tenga el apetito de hacerlo. Una persona fiel habla porque no quiere que otros caigan en error. No habla simplemente porque tenga ganas de hablar. Si la persona fiel se da cuenta que sus palabras son rechazadas, no se siente desalentado, puede apartarse en paz. Pero alguien que es subjetivo es muy diferente; siempre tiene un deseo apasionado de hablar, y si no lo hace se siente insatisfecha. Tal persona tiene el hábito de abrir la boca siempre que ve algo. ¿Pueden ver la diferencia? Una persona subjetiva habla porque le gusta hablar, porque desea imponer su voluntad sobre otros. Le gusta dominar a otros con sus ideas y le gusta que todos escuchen sus palabras. A dicha persona le es difícil aceptar el rechazo de su voluntad. Hermanos y hermanas, una persona subjetiva es totalmente diferente a una persona fiel. Debemos ser fieles. Muchas veces es incorrecto no abrir la boca. Pero tenemos que diferenciar entre la fidelidad y la subjetividad. A una persona subjetiva le gusta meterse en los asuntos de otros. Le agrada que otros escuchen sus palabras. Le gusta controlar a los demás en todo. Le encanta dar órdenes a éste y dirigir a aquél. Siempre considera que su método es el mejor y que su manera es la más correcta. Quiere que todos tomen su camino. Las personas subjetivas no soportan que otros sean diferentes. Hermanos y hermanas, una persona subjetiva es la persona más estrecha del mundo. Uno sólo puede ser amplio y generoso una vez que ha sido tratado por el Señor y su subjetividad ha sido quitada. Sólo una persona amplia o abierta puede tolerar a aquellos que son diferentes de ella. La subjetividad exige uniformidad o igualdad, y no puede tolerar diferencias en nadie. Si dos personas subjetivas comparten una habitación, no habrá paz en tal lugar. Una querrá hacer una cosa y la otra querrá hacer otra; así que la habitación estará llena de argumentos. Una pensará que está llevando la cruz y la otra también pensará lo mismo. Ambas tendrán problemas entre sí y ambas creerán que están llevando la cruz. Esto es lo que sucede cuando dos cabezas subjetivas se juntan. Una persona subjetiva siempre trata de manejar y tener las cosas bajo su control y busca establecerse como el líder entre el pueblo de Dios. Siempre toma decisiones en el acto y decide cómo se deben hacer las cosas. A tales personas les gusta entrometerse aun en el asunto más insignificante. Les encanta interferir y controlar. Este es el problema básico de las personas subjetivas. Sabemos que Dios no les confía nada a tales personas. Nunca he visto que Dios le confíe algo a una persona subjetiva. Dios no puede usar a tales personas. Nunca he visto a una persona subjetiva que haya progresado mucho espiritualmente. Su manera de ser les impide recibir instrucción alguna. Una manera de ser que rehúsa ser instruida no se le puede enseñar y es inútil.
A una persona subjetiva le gusta tomar control y hacer propuestas. Tales personas crean problemas en la obra de Dios. No sólo son torpes para aprender e ineptos para cumplir la comisión de Dios, sino que gastan todas sus energías en su propia subjetividad. Como resultado, no tienen energías para la obra de Dios. Cuando una persona interfiere en los asuntos de otros, es negligente con su propia obra porque los asuntos de otros lo mantienen ocupado. Si se preocupa por cuidar las viñas de otros, ciertamente descuidará su propia viña. Hermanos y hermanas, no tenemos el tiempo para consentir nuestra subjetividad. Dios nos ha confiado suficiente ministerio, responsabilidad y obra. No tenemos el tiempo para entremeternos en los asuntos de los demás. Tenemos que concentrar nuestro tiempo y energías en el trabajo que debemos hacer y estaremos suficientemente ocupados. Sólo aquellos que son negligentes en la obra de Dios y que no atienden a su propia responsabilidad delante Él, tienen energías para involucrarse con los diversos asuntos de otros hermanos y hermanas. Es claro que todas las personas subjetivas han abandonado la obra que Dios les ha encomendado. Dejan su propia obra desatendida por ocuparse en los asuntos de otros. Si un obrero descuida su obra para cuidar la de otros, su propia obra será pobre. Una persona subjetiva no es eficaz en la obra del Señor. Dios no puede confiar en él, y aun si le confiara algo, no lo llevaría a cabo apropiadamente. Es difícil quitar la subjetividad de una persona, porque se trata de su manera de ser. Tal persona es subjetiva en todo aspecto, no sólo en la obra de Dios, sino también en su vida personal. Es subjetiva en cuanto a los asuntos de otros. Una persona subjetiva siempre está muy ocupada; quiere estar siempre involucrada en todo y, como resultado de ello, no puede seguir una senda definida delante de Dios. Tiene su propia opinión y perspectiva y su propia manera de hacer las cosas. Esto representa un verdadero problema espiritual, una barrera espiritual. Tenemos que orar: “Señor, concédeme Tu gracia. Hazme una persona flexible delante de Ti. Quiero ser flexible y dócil, no sólo delante de Ti sino también delante de los hermanos y hermanas”. Pablo era tal clase de persona. Sus cartas eran “duras y fuertes”. En lo que respecta al testimonio de su persona delante del Señor, él era duro y fuerte, pero cuando estuvo frente a los corintios su presencia parecía “débil y su palabra menospreciable” (2 Co. 10:10). Pablo no comprometía su testimonio, por lo cual sus palabras eran “duras y fuertes”, pero cuando hablaba con otros no era áspero sino manso. Hermanos y hermanas, tenemos que aprender a distinguir estos dos aspectos. En nuestro ministerio tenemos que ser fuertes y duros, pero en nosotros mismos no debemos ser subjetivos. “Algunos predican a Cristo por envidia y contienda; pero otros de buena voluntad; estos lo hacen por amor, sabiendo que estoy puesto para la defensa del evangelio, pero aquellos anuncian a Cristo por ambición egoísta, no con intenciones puras, pensando añadir aflicción a mis prisiones. ¿Qué, pues? Que no obstante, de todas maneras, o por pretexto o con veracidad, Cristo es anunciado; y en esto me gozo; sí, me gozaré aún” (Fil. 1:15-18). ¿Pueden ver el equilibrio en este pasaje? Si otros toman el mismo camino nuestro, agradecemos al Señor por ello, pero si otros no toman la misma dirección, sino un camino distinto, aun así somos sus hermanos, y su actitud no nos molesta. Tenemos que mantener este equilibrio. Por un lado, debemos ser fieles a nuestro testimonio; por otro, no debemos ser subjetivos en nosotros mismos. Una persona fiel nunca actúa subjetivamente, y una persona subjetiva no es necesariamente fiel. Tenemos que trazar una línea de separación entre las dos.
En resumen, la subjetividad es simplemente el yo que no ha sido quebrantado. Hermanos y hermanas, debemos orar para que Dios aplique a nuestra persona su obra de quebrantamiento, a fin de que no seamos subjetivos en ninguna manera, ya sea con relación a otros o con relación a nuestros propios asuntos. El Señor tiene que aplastarnos por completo a fin de que lleguemos a ser dóciles y mansos. Si no somos quebrantados, siempre seremos subjetivos de alguna manera. A diferencia de algunos que tienen más percepción que otros, una persona subjetiva siempre opinará, estará llena de métodos y buscará como controlar a los demás. Tenemos que permitirle al Señor que trate con nosotros severamente por lo menos una vez, a fin de ser aplastados hasta caer postrados para no levantarnos nunca más. Entonces, cuando venga la prueba de nuevo, seremos fieles a nuestro testimonio, y les daremos a otros la libertad de decidir si nos siguen o no. No tendremos la compulsión de hablar. No estamos aquí para ser los maestros de muchos, por lo que no debemos estar ansiosos por hablar, proponer, tomar decisiones, enseñar ni controlar la obra. Hermanos y hermanas, debemos ser fuertes al ejercer nuestro ministerio, pero al mismo tiempo, debemos aprender a ser mansos y a no ser subjetivos delante del Señor.

 

 

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